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Las
aulas han vuelto a abrirse. El primer trimestre tendrá que tener su
continuidad en este segundo y sería una pena que lo hiciera sin una
reflexión seria sobre todo lo que ha sucedido en la enseñanza, sobre todo lo
dicho, todo lo prometido y todo eso que ha circulado en las primeras páginas
de los periódicos, en los titulares de las cadenas de televisión, en los mil
artículos que sobre unas cosas y otras se han escrito.
El sistema
escolar español ha quedado muy mal. Nos han suspendido. Eso no es nuevo. Lo
nuevo es que la nota haya sido tan baja, más baja aún que la última vez –
qué ya es decir -.
Parece que
algunos se han extrañado. Esa era una situación cantada, algo que se sabía,
que quizá se pretendía ignorar, pero que todo el que tenga alguna relación
directa con la enseñanza conocía perfectamente.
Se ha vuelto a
las aulas y creo que Papá Noel y los Reyes Magos no han sido precisamente
generosos con la Escuela, con el Instituto.
Puede que nadie
les haya escrito una carta para pedirles lo más importante, lo que es
absolutamente necesario para que puedan seguir adelante.
¿Qué necesita
la educación? ¿Qué necesitan los docentes? ¿Qué es necesario para los
alumnos para que puedan ser tales?
Todos necesitan
UNA ESPERANZA. Todos necesitan creer en la EDUCACIÓN.
Creer que es
importante lo que tienen que hacer. Creer que es algo valioso para ellos y
para los demás.
Los profesores
necesitan, además, estar convencidos de que su trabajo es posible, que
pueden hacer lo que deben, lo que se les encomienda.
Hay algo muy
importante: unos y otros deben convencerse de que no serán las leyes –
aunque buena falta hace una ley sensata, honrada y realista – ni los medios
materiales – por mucho que se ofrezcan ordenadores y otras lindezas -, sino
ellos mismos los que pueden hacer posible la educación en la exigencia del
mundo actual.
Se ha criticado
todo. Se ha criticado sin saber exactamente qué dice la ley actual, que
decía la anterior, desde cuándo las cosas han ido caminando hasta el
desastre. No se considera cuánto tiempo ha podido retenerse lo peor gracias
a la inercia, a la postura difícil de los que no se han dejado llevar por
los cantos de sirena de una progresía que, para colmo, jamás cumplió las
leyes, ni las propias ni las ajenas.
Se ha expresado
la impotencia de todas las formas imaginables y se ha hecho el peor daño que
se puede hacer a los docentes – que no tienen más remedio que estar en el
tajo – y a los alumnos, que tienen que sufrir la derrota moral de sus
profesores.
La Escuela, el
Instituto necesitan saber cuál es su sentido. Necesitan aceptar que están
ahí para hacer posible que los alumnos adquieran las bases de la cultura
racionalista ilustrada. Nunca se repetirá lo suficiente: esa cultura no es
la cultura popular, no es una cultura de tipo tradicional, no se aprende por
inmersión, no puede ser transmitida por los que no la tienen, por los que
sólo tienen un pequeño barniz y el dominio de cuatro tópicos. No todos
llegarán a conocerla, pero casi todos pueden ponerse en camino y llegar a
dominar lo instrumental, aquello que les servirá de base para, quizá, un día
poder completar sus conocimientos.
Hace años que
la famosa campana de Gaus, esa que representaba la tabla de frecuencia de
las notas, ha quedado destruida.
Ya no hay unos
pocos que están muy bien, una masa que está ocupando el centro y unos
poquitos que quedan atrás.
Ahora hay muy
pocos bien – que si se mira con detenimiento no están demasiado bien -y
todos los demás mal.
¿Qué ha
sucedido? ¿Ha bajado el CI de la población? ¿Nadie hace nada y el desastre
no es mayor gracias a los ajustes y rebajas en las evaluaciones?
¿Qué se
pretende? ¿Se dice lo que se quiere realmente y se actúa en consonancia?
Este desastre
viene de algo más de treinta años atrás. Ese es el tiempo que suelen tardar
las ideas, las leyes educativas especialmente, en dar sus frutos en la
realidad y con carácter general.
Recuerden o
sepan que hace poco más de treinta años frente a un sistema escolar – que
nunca fue propiamente elitista desde el punto de vista intelectual, por más
que muchos quisieran que así hubiera sido – se alzaron los ecos de las voces
del famoso 68. Ecos confundidos y fundidos con el marxismo de Gransci y
algún otro.
Ecos que
repudiaban la cultura académica, la cultura ilustrada, la cultura
occidental. Ecos que repudiaban la simple educación que hasta hacía poco se
llamó urbanidad y que era una forma de refinamiento capaz de hacer más fácil
la convivencia en los espacios de la ciudad, en los mundos restringidos en
los que las distancias siempre son cortas y lo grosero, lo soez no son sino
formas agresivas que hacen todo más difícil. La escuela, el instituto, la
familia como institución educativa debían ser barridas de la faz de la
tierra y sustituidas por comunidades desinhibidas y libres, regidas por el
sistema asambleario en el que todos: padres, profesores, alumnos, conserjes,
vecinos etc. fueran iguales. No iguales como seres humanos o como
ciudadanos, sino como miembros de las comunidades educativas. No habría
responsables del saber, ni por supuesto de transmitirlo. Fuera toda
coacción. Recuerden aquello del “Prohibido prohibir” y otras lindezas.
Examinar:
represión al alumno
Aprobar o
suspender: injusticia y represión.
Explicar: fuera
las lecciones magistrales.
Deberes,
tareas, estudio: los dos primeros fueron suprimidos en las escuelas por
decreto. El estudio acabó unido indefectiblemente a la simple memorización
obtusa y mecánica para ser aherrojado con todo lo demás.
Todo eso, más
las luchas políticas que eligieron los centros de enseñanza como campo de
batalla porque en ellos era fácil conseguir victorias y medallas sin
arriesgar nada, sin tener que plantar batalla a la Administración (que hizo
la mayor dejación de responsabilidad que es posible hacer). La violencia
estaba en los centros y se ejercía contra los colegas, contra los alumnos
que no estaban dispuestos a secundar a los héroes de pacotilla que, sin
embargo, envalentonados como estaban podían ser muy crueles y muy
destructivos.
La Escuela, el
Instituto resistían como podían. Resistían cada vez menos, han resistido
cada vez menos una vez descabezados por las jubilaciones y las entregas a la
presión de los compañeros, la propaganda de cursos y cursillos y la marea
que llegaba de la sociedad que había sido embarcada en los mismos tópicos y
las mismas presiones por los mismos charlatanes y todos aquellos que no
quisieron quedarse fuera de prebendas y más tarde del simple “ser como todos
y hacer lo que todos”.
La educación
ha quedado en manos de no pocos renegados de la educación. Se ha encargado
la transmisión de la cultura ilustrada a muchos renegados de esa cultura –
renegados o resentidos porque tampoco a ellos se les dio la oportunidad de
adquirirla. En esas condiciones ha ido deteriorándose mientras el alumnado
que se recibía en los centros estaba más y más contaminado por la ola que
confundió al pueblo con el lumpen y que subió sus modos y sus contravalores
al pedestal de lo modélico.
Fue fácil jugar
al libertario, al liberador de alumnos, al apóstata de la cultura mientras
las familias aún se esforzaban por educar a sus hijos, mientras los colegas
aún se esforzaban por que aprendieran. Lo difícil es sobrevivir cuando ya
son minoría los que aún hacen su trabajo, cuando al ser tan minoritarios
sólo alcanzan a salvar sus clases y, aún eso, no siempre.
Aquí estamos.
Se impone una regeneración. Toda regeneración se hace desde la creencia de
que hay una posibilidad de reconducir las situaciones, que hay algo en los
individuos que permitirá empezar desde otra dimensión, desde otra óptica,
con otras estrategias.
¿Lo hay? Sí,
lo hay. Habrá que esforzarse por encontrar ese punto desde el que se pueda
empezar a sobrevivir, a mejorar.
Puede que hasta
no haga falta comenzar por cambiar la Ley. |