Martina Martínez Tuya

 
 

    

    II SIMPOSIO   EL TEXTO CULTURAL

 

 TEORÍA DE LA LITERATURA Y LITERATURA COMPARADA

        (CORRESPONDENCIAS DEL CONOCIMIENTO Y TRANSMISIÓN DEL SABER)

   

SIMBOLOGÍAS DE LA TEXTUALIDAD

UN SÍMBOLO UNIVERSAL:  desde “ L’homme et la mer” de Charles Baudelaire

MARTINA MARTÍNEZ TUYA

 

  INTRODUCCIÓN
 

 Acepto como punto de partida que un texto, sobre todo si se trata de un poema, es un mundo autosuficiente que no necesita nada fuera de sí para entregarnos un tiempo de la conciencia del poeta.

El poema es una gran síntesis. Sería como un relato reducido al máximo.

Una síntesis en la que todo lo que aparece significa en sí mismo y en la diferencia con respecto a lo que le es próximo. Es el resultado de una elección que en sí misma es significativa y que no responde a nada aleatorio sino al esfuerzo por encontrar la forma de decir con el lenguaje establecido, - el existente en una comunidad humana-. Los recursos de ese lenguaje son siempre genéricos – por el hecho mismo de corresponder a un grupo- pero tienen, sin embargo, que servir para expresar lo que es absolutamente individual. Esta tarea, imposible por definición, se convierte en un reto para todo poeta, para todo escritor. Requiere un finísimo trabajo en el que el poeta utiliza toda clase de elementos en distintas combinatorias, y de recursos de muy distinto orden.

Para Paul Valéry , un poème  doit être une fête de l’intellect : à cette fête participent tous les ornements du langage et toutes les ressources de la musique. (1)

 El poema está ahí como resultado de ese trabajo del poeta, de haber puesto todos sus recursos personales al servicio de la necesidad de expresar, de decir lo que siente o lo que piensa, pero el poema para el lector también es un reto.

Acercarse a él es estar en disposición de encontrar al otro en el texto, de estar disponible y abierto a cualquier estímulo para tener la intuición de lo que puede ser ese momento que el poeta, un ser humano sin más pero absolutamente individualizado en un instante, quiere o ha querido decir.

Uno se acerca a un poema abierto a todo, dispuesto a encontrar lo que sea.

La búsqueda será posterior. La búsqueda no tiene que ver con la intuición sino con el intento de descubrir qué es lo que nos ha permitido tener esa intuición. Con eso, o con el deseo de acercarnos a un texto ya leído y que para nosotros ha resultado hermético en todo o en parte.

Si cuando leemos un poema no somos capaces de intuir nada, es sin duda porque no estamos en esa disposición de apertura.

También puede suceder – sucede de hecho con frecuencia- que no seamos, antes de empezar la lectura, capaces de desprendernos de nuestros propios tópicos, de los significados canónicos de las palabras- privadas así de un significado más profundo, más universal o más concreto derivado de su posición en el texto-.

Comprender un poema es muchas veces algo imposible si en el acercamiento no hay una apertura al mundo de uno mismo, a la propia conciencia, a la aceptación de las vivencias sean cuales sean.

 Lo ideal es poder llegar a la intuición directamente, en un acto simple que resulta esencialmente incomprensible pero que es siempre un descubrimiento gozoso.

La intuición, decía Bergson: nous appelons ici intuition la sympathie par laquelle on se transporte à l’intérieur d’un objet pour coïncider avec ce qu’il a d’unique et par conséquent d’inexprimable. (2)

Si no es posible, si sólo es posible en parte, hay que ponerse a buscar. Hay que intentar desvelar los secretos del texto.

 Hay que buscar el subtexto; acercarse a lo que el texto oculta en su síntesis.

Esa, no sólo es la tarea del que quiere acercarse al texto y no consigue conectar directamente con lo dicho, sino también la del crítico literario.

En mi opinión, toda Crítica Literaria ha de servir a facilitar el acercamiento al texto de un posible lector. Ha de servir, también, al enriquecimiento del sujeto para una posible lectura.

En este trabajo me voy a limitar a la crítica y el comentario. Un comentario que pretendo que no sea academicista sino enriquecedor a la hora de perfilar el mundo del poema, de buscar cuáles son sus posiciones en el momento de escribir el poema que nos ocupe.

Una vida no sólo es o puede ser muy larga, sino que cada momento, entendido de una forma no puntual, cada época en esa vida, tiene infinitos momentos de conciencia. Se trata, no de clasificar al poeta en un periodo de su vida, sino de intentar saber cuáles eran sus posiciones en el momento de escribir el poema que estamos leyendo, que estemos comentando.

  

EL POEMA COMO TEXTO
 

 Un poema es un texto autosuficiente, pero de ninguna manera cerrado en sí mismo. Es más, cuanto más autosuficiente es, más rica puede ser la mirada en ese vaivén del texto a la realidad que toda lectura implica.

 Todo poema, como texto, es también didáctico. Didáctico no en el sentido de modelo único, ni mejor que otros, sino como una posibilidad para lo humano.

En un poema – y de forma preferente si en él domina la toma de conciencia de una situación psicológica o vivencial del poeta - se hace explícita la manera en que concibe, piensa, siente esa realidad que está viviendo.

Se produce un aparente contrasentido. Lo más individual es aquí – precisamente- lo más universal.

Sólo cuando el poeta consigue la expresión de su vivencia personal - despojada de los tópicos, los mitos y toda clase de lugares comunes – consigue que su texto pueda llegar al lector como único, como vivencia única e irrepetible con respecto a cualquier otra. Será, también, una vivencia única con respecto a cualquier otra vivencia anterior o posterior del poeta, y gracias a eso el poema alcanza lo universal. Sólo entonces es posible la intuición del otro por parte del lector.

El lector se reconocerá en el texto pero en la distancia de la analogía, nunca en la de la identidad.

 Un poema es el mejor texto para una clase de Literatura. Lo es porque se trata de algo cerrado que puede abrirse, sin embargo, a infinitas posibilidades tanto de comprensión como de extrapolación en los campos más diversos.

Lo ideal es que en una clase los alumnos lleguen al texto con posibilidades ciertas de hacer una lectura rápida y comprensiva desde la primera aproximación. Sólo entonces tienen alguna posibilidad de conectar con ese momento único que el poema intenta expresar. Es necesario que se hayan preparado previamente todos aquellos aspectos del poema que el profesor sepa que han de ser necesarios para esa lectura – desde el vocabulario en su especificidad concreta en el texto, a lo que puedan ser las opciones psicológicas o filosóficas previas a las que el poema expresa-.

Muchos alumnos no conseguirán nunca o casi nunca esa lectura que implica llegar a la intuición de ese otro que es el poeta, pero sí que conseguirán – incluso equivocándose- hacer un trabajo interpretativo que favorecerá la explicitación posterior del poema.

Se sorprenderán al ver hasta qué punto se han dejado llevar por el poema y no han sido sensibles a su singularidad. Se darán cuenta de cuáles son esos tópicos, esos lugares comunes que les han impedido detectar la verdadera ruta abierta por el poeta.

Hay poemas que pueden leerse sin enterarse de casi nada pero con la sensación de que se comprende. Hay otros, que o se comprenden, entendiendo comprender en el sentido de Gide: Comprendre, c’est se sentir capable de faire. (3), o es inútil seguir leyendo.

El poema de mi trabajo pertenece al primer grupo. Es de esos cuya musicalidad sola es capaz de sacar de sí al lector y darle la sensación de que va a alguna parte. Va, es cierto. Puede ir, pero no siempre a donde está el poeta. 

 Yo no voy a detenerme en lo que sería la preparación previa para hacer una lectura en una clase. Me acercaré más bien a lo que sería la comprensión posterior a una lectura que no ha terminado en la verdadera comprensión o que ha dejado tantos cabos sueltos que es casi imposible aprovechar la riqueza del poema.  

  

EL SÍMBOLO
 

 Parece que decir símbolo es decirlo todo o casi todo cuando nos referimos al lenguaje común, pero no es lo mismo cuando nos referimos a la Literatura.

Voy a obviar muchas realidades, muchas valoraciones surgidas al conjuro de la palabra símbolo, y me limitaré a considerar las dos significaciones que podrían considerarse vinculadas al momento literario del texto que será objeto de análisis.

De Baudelaire se dice que es el primer simbolista. Apunta ciertamente a lo que será el Simbolismo. Sería más exacto decir que es precursor del Simbolismo y no tanto por lo referido al concepto de símbolo como por la manera cómo utiliza el vocabulario, por la forma cómo construye sus imágenes. Tiene poemas en los que utiliza el símbolo a la manera de los románticos, pero sin que llegue propiamente a utilizarlo como lo define Mallarmé.

En los poetas románticos el símbolo es utilizado como una técnica.

El poema se desarrolla siguiendo un esquema en el que se ofrecen las imágenes, pero en el que una idea va perfilándose con ellas, y que no se dice, aunque es el verdadero contenido del poema.

Seguir el poema es dejarse llevar por las imágenes y con cada una de ellas intuir, alcanzar la idea con la que se corresponde.

 El poema es un diálogo muy especial entre el poeta y el lector.

Es un proceso en el que cada imagen añade algo, concreta, matiza, perfila, amplia la idea o ideas anteriores.

Si aparece la contradicción es que algo ha fallado; es que el lector en algún momento ha equivocado la idea, perdido en lo que alguna imagen le ha sugerido. Es que esos rostros distintos bajo los que una idea recurrente o cambiante se desarrolla, no han sido bien identificados.

Si la lectura no tiene problemas, o nos parece que no los tiene, sabemos que el poeta acabará explicándose. Los últimos versos pueden ser la confirmación de que hemos seguido bien el poema, de que hemos llegado allí a donde él quería, que, a pesar de lo increíble que parezca, hemos hecho nuestra su idea y el desarrollo que él ha creado. Pueden, en otros casos, hacernos ver que estábamos totalmente equivocados, que hemos suplantado al poeta. Aprenderemos entonces que lo leído por nosotros no tiene que ver con el poeta sino únicamente con nosotros mismos.

Para el lector que no consigue entender, que en el poema sólo ha visto imágenes dispersas sin ilación, sin ningún sentido, esos versos finales son la evidencia de que todo en el poema pertenecía a un mundo que quería expresarse, y, que ese mundo era el que el poeta nos ofrecía.

En este caso se impone empezar de nuevo y lo más probable es que, entonces sí, pueda seguirse el desarrollo del poema. 

En Baudelaire hay poemas que sigue paso a paso este esquema. Uno de ellos, quizá uno de los más conocidos es L’albatros. También es uno de esos poemas que llegan a todo el mundo, pero que a casi todos les llega en función de sí mismos más que en función del poeta.

La mayoría sigue las imágenes, se identifica en ellas, pero no alcanza la idea que va desarrollándose gracias a ellas. Para muchos – hablo sobre todo de alumnos de Bachillerato, pero también de personas adultas poco expertas en Literatura- incluso los versos finales no consiguen hacerles abandonar sus certezas. El poema se ha hecho vivencia en ellos y sólo harán el esfuerzo de cambiar la lectura que han hecho si de alguna manera se les obliga a ello.

 El símbolo de los simbolistas es diferente. Nadie lo ha definido tan bien como lo hizo Mallarmé.

Dirá en su poética:

El símbolo consiste en evocar poco a poco un objeto para mostrar un estado del alma.

Esa evocación se hace gracias a las imágenes.

La poesía será, para él, el arte de sugerir.

 Tan es así que no duda en afirmar: Nombrar un objeto  es suprimir las tres cuartas partes del goce del poema.

 Son las imágenes las que consiguen que el símbolo sea posible. Tienen que ser originales, diferentes, capaces de romper con lo habitual. Lo serán por combinatorias nuevas de elementos que no son nuevos.

Esto ya lo hacía Baudalaire. Su vocabulario era común, aunque escogido, pero era sobre todo utilizado de tal forma que una vez constituida la imagen era imposible quedarse en ella. Evocar lo que decía nos abría a algo diferente, a algo que había que imaginar y vivenciar como primigenio, como fuera de lo ya oído, de lo ya visto.

Los simbolistas llevarán esto a sus extremos hasta alcanzar, como a veces Mallarmé, una poesía hermética, difícil.

 

  El poema de  Baudelaire.
 

 Se impone pasar al análisis del poema objeto de este estudio:

L’homme et la mer.

Pertenece a Les fleurs du mal, recopilación de poemas editada por primera vez en 1857 y en la que el poema que nos ocupa tiene el número XIV.

Había sido publicado en octubre de 1852 en la Revue de Paris. Tuvo un primer título: L’homme libre et la mer.

 Puede pensarse que el tema es claramente romántico. La relación del romántico con el mar ha sido muy clara, pero el tema de Baudelaire no es el tema de la fuga que el mar puede hacer posible. Tampoco, es el del mar como medio para evadirse, para salir fuera de sí solicitado por su rumor, por su condición de paisaje siempre cambiante, aunque esta posibilidad esté en el poema.  Mucho menos encontraremos en el poeta ese anhelo de libertad con respecto a lo establecido, a los compromisos sociales, a las obligaciones y la relación con el poder.

La tentación de la lectura del título es, precisamente, la de esta última concepción de la libertad.

Baudelaire no hace durar mucho el error. Dice en el primer verso:

 

Homme libre, toujours tu chérira  la mer!

Hombre libre, tú siempre adorarás el mar

 

Entre el hombre del poema y el mar puede haber cualquier tipo de relación pero desde luego no se trata del hombre que busca la libertad. Es un hombre ya libre, y no es cualquier hombre. No es el genérico humano. Es un hombre libre como distinto de los que no lo son. Todo lo que se diga en el poema será dicho para él, en relación a él. Lo humano sin más está excluido.

El poeta se dirige a ese hombre y deja constancia de que siempre chérira la mer.

Chérir, un verbo que no usaríamos normalmente para decir esa relación entre el hombre, libre o no, y el mar. Podríamos utilizar aimer, simplemente. Adorer llegado el caso, pero no chérir. Chérir expresa un sentimiento en el que el amor está lleno de ternura, de devoción, de admiración, por la singularidad del ser amado. Se utiliza para expresar el amor a los hijos – y de forma especial cuando son niños-. Es perfecto o puede serlo para una relación amorosa en la que el otro recoge no sólo la pasión sino el sentimiento con el que quisiéramos arroparlo, venerarlo, mantenerlo en una distancia corta llena de ternura y me atrevería a decir que también de cariño incondicional.

La frase exclamativa, con ese toujours rompiendo el orden lógico, tiene una particular fuerza expresiva. Es como si el poeta quisiera que ese hombre libre fuera plenamente consciente de esa relación.

 

La mer est ton miroir;

El mar es tu espejo;

 

 ¿Qué tiene de particular un espejo además de servirnos para conocernos, para conseguir una imagen de nosotros mismos como la que los demás ven? Es nuestra imagen desde fuera de nosotros la que el espejo nos entrega.

Tiene, ciertamente, algo más. Nos es completamente ajeno. Nuestra imagen está en él, pero no le afecta, no tiene nada que ver con nosotros, no podemos pretender que quede ni el más mínimo rastro de nosotros en ese objeto en el que nos hemos reflejado.

El espejo es siempre lo ajeno, lo separado de mí. Es ese otro inexistente que es como yo, pero que no soy yo.

Esta afirmación es decisiva para la comprensión del poema. Ninguna relación puede establecerse entre el hombre y el espejo. Ninguna afinidad. No lo rozamos, no nos roza.

 

Sigue el poema:

 … tu contemples ton âme

dans le déroulement infini de sa lame,

…Tú contemplas tu alma

En el desarrollo infinito de su oleaje

 

Sólo cabe, en la relación con el espejo, ignorarlo o contemplarse en él.

 Algo más que rompe el discurso aunque en una lectura rápida no lo parezca. Lo contemplado sería el alma – según el poeta-: ese yo que no se ve, que a veces ni yo veo, que puede serme completamente ajeno; que es cambiante, complejo, imprevisible.

Volvemos a encontrar una elección muy significativa. Habla de la lame, de la superficie del mar, del oleaje en alta mar, de ese movimiento constante sobre una profundidad quieta, remansada. Habla del déroulement que viene a ser un envolverse y desenvolverse. Rouler es dar vueltas sobre uno mismo, es un cambio constante pero sin cambiar gran cosa. Puede, también, significar desarrollar, desenrollar. Todo eso sucede con la superficie del mar, con esa lame que se agita suavemente o que se encrespa  y rompe sin tener que llegar a la orilla, o en la orilla misma. Su movimiento no tiene fin. Sabemos que no tiene, que no puede tenerlo.

El alma del hombre libre tampoco. Vive un movimiento de conciencia constante y una observación constante de ese movimiento. Es posible este ir y venir, este volver y replegarse para extenderse a continuación, para volver al principio pero con otro ritmo, con otra cadencia, con otros contenidos. Todo, en ese hombre libre que puede- porque es libre, porque no se siente responsable del oleaje de su alma-, observarse como si observara a otro, aunque sabe que se trata de él mismo.

 Et ton esprit n’est pas un gouffre moins amer.

Y tu espíritu es un pozo sin fondo no menos amargo.

 

Hay que distinguir entre esprit y âme. Para el poeta son dos cosas distintas, distinguibles – eso significa distintas- aunque no sean algo esencialmente diferente.

El alma está considerada algo así como el Yo, en el concepto psicoanalítico. Es conciencia, pero de alguna forma excluye la verdadera profundidad del sujeto. En el hombre libre – libre según va explicitando Baudelaire- el espíritu abarcaría también el Ello. Esa profundidad que no necesitaría estar reprimida. Es a esa profundidad, precisamente, a lo que se refiere como un gouffre. Es esa ausencia de necesidad de reprimirla lo que le da su condición de hombre libre.

No dice un abismo, sino un gouffre. Gouffre responden al pozo sin fondo, al pozo en el que no se tiene ninguna esperanza de ver el fondo, al que es imposible llegar hasta el fondo. En él, bajar no es ver más y mejor, sino todo lo contrario.  El espíritu es pues un grouffre y, además, es amargo.

Lo amargo es una cualidad muy particular. No excluye los otros sabores, los acompaña. Muchas veces incluso no lo percibimos en un primer momento, pero lo que sí es seguro es que cuando todos los demás sabores hayan desaparecido lo amargo permanecerá por un tiempo. El hombre libre sabe de esa amargura, de esos rastros que deja en él lo conocido en ese fondo. No aspira, ya sabe que no puede, a conocer ese fondo en sí mismo. Sabe que nunca lo conocerá del todo, que no importa lo que pueda descender, lo que vaya conociendo. Tampoco tendrá la claridad de la lógica. La lógica no existe en el gouffre. Allí tampoco tiene nada que ver la libertad entendida a la manera habitual, como posibilidad de elegir los contenidos, de excluirlos o engendrarlos. La única opción es aceptar o huir.

El hombre libre lo es porque acepta su gouffre y todo lo descubierto o lo a descubrir en él.

 Tendrán que pasar los surrealistas, tendrán que aceptar que nada les permitirá conocer el gouffre a pesar de haberlo intentado de mil maneras, para que en la Literatura se abra camino este concepto de libertad que ya está en Baudelaire y con el que se adelante considerablemente a su tiempo.

Lo hace, en este caso concreto y en otros muchos, sin hacer ruido y en unos poemas en los que la musicalidad y sus recursos de gran poeta hicieron posible que sus contemporáneos los leyeran sin darse cuenta de lo que había en ellos, pero admirándolos o rechazándolos en función de sus propias vivencias o sus esquemas mentales.

  El Psicoanálisis pretende que es posible llegar y ver, -y ver claro-, una vez que se ha localizado el trauma y se ha asimilado conscientemente. Baudelaire ya estaba de vuelta en su momento. Su hombre libre ya sabe que su espíritu no es un abismo, sino un gouffre.
 

 Tu te plais à plonger au sein de ton image;

Te complaces zambulléndote en el seno de tu imagen ;

 

La afición del hombre libre para sumergirse una y otra vez en sí mismo, para ruminar su vida, para buscar, para intentar sentir otra cosa, para sorprenderse  siempre con lo que encuentra en sí mismo, es en realidad lo que le define como tal. Traspasa su imagen, va al otro lado del espejo y lo hace gozando o sufriendo en ese viaje siempre hacia lo desconocido.

 Es como el mar que se riza y se distiende, que saca de sí y vuelve a sí en un movimiento incesante del dentro a la superficie y viceversa.
 

 Tu l’embrasses des yeux et des bras,

La abrazas con los ojos y los brazos

 

Esa imagen de sí la hace suya en esta doble imagen. Embrasser es besar y abrazar. En cualquiera de los dos casos es un intento de poseer al otro, de hacerlo nuestro. Se puede rodear al otro con los brazos, pero también con la mirada. Lo podemos sentir nuestro por unos instantes de cualquiera de las dos formas, pero nunca lo asimilaremos, nunca lo haremos parte de nosotros, nunca lo incorporaremos a nuestra voluntad haciendo que pierda cualquier separatividad, cualquier autonomía. 

 

                                           ...et ton coeur

 Se distrait quelquefois de sa progre rumeur

Au bruit de cette plainte indomptable et sauvage.

                                          ... y tu corazón

Se distrae a veces de su propio rumor

Con el ruido de esta queja indomable y salvaje.

 

Está aquí el tema romántico de la fuga, pero no es el tema romántico exactamente.

El romántico busca, cree que encuentra o que va a encontrar una huida definitiva. Además lo suyo es una fuga, ciertamente. No tiene un lugar a donde ir, no piensa siquiera ir a ninguna parte concreta, sólo marchar de donde está.

El hombre libre no quiere marcharse, no quiere ir a otra parte. Pero a veces el rumor de espíritu, ese encuentro consigo mismo en el gouffre es demasiado doloroso, demasiado terrible, demasiado exigente en el tejer y destejer de su conciencia.

Es entonces cuando busca en el mar un paréntesis, una distracción, un tiempo muerto para su discurso mental. Es un tiempo que sólo le aleja, pero en él queda el sentimiento de lo vivido en la conciencia. Ese dolor obstinado, aunque pasado a un segundo plano, es el que desplaza gracias al mar. Por eso mismo, el ruido del mar le parece, lo asimila, lo interpreta como una queja. Como una queja indomable, irreductible, que no puede acallar nunca del todo. Es también una queja primigenia, algo unido a lo incontrolable, a lo que escapa a cualquier norma tanto de la cultura como de la voluntad del sujeto.

Tiene que ver, ciertamente, con el tema de la fuga, pero no es exactamente el tema de la fuga de los románticos.

Hay en Lamartine, al final de un poema que titula Le vallon y que se incluye en su obra Les Méditations, algo similar. Su alma, dice, se adormece con el canto monótono de los dos arroyos que cruzan el valle. (5).

No se trata del mar. El desarrollo del poema excluye la profundidad que implica el concepto de espíritu de Baudelaire y el paréntesis que se abre es el del sueño, el puro no sentirse, el puro no saberse.

Baudelaire quiere volver, sabe que va a volver, no quisiera alejarse del todo. Lo suyo es una distracción en el sentido más estricto.

 El cambio de estrofa supone la incorporación del mar como objeto al que se dirige directamente el poema.

 

Vous êtes tous les deux ténebreux et discrets :

Los dos sois tenebrosos y discretos:

 

En ese vosotros se incluyen el hombre libre y el mar.

Empiezan las comparaciones. Hombre libre y mar coinciden en ser tenebrosos, oscuros, con un fondo que guardan para sí, que  hacen lo posible por que nadie conozca. Ser discreto es ser capaz de controlar; es no necesitar – no querer a veces- comunicar. No es- ciertamente - negarse a comunicar, sino hacerlo cómo y cuando se cree oportuno, o, simplemente reservarse el derecho a no hacerlo. Ese dominio de sí, esa contención es muy propia de este hombre libre.

 Es libre y su libertad no tiene nada que ver con los otros. No pueden ni dársela ni quitársela. Los otros son el otro, el ajeno.

 Estaría, además, la dificultad de la comunicación, la de la comprensión de lo comunicado.

 

Homme, nul n’a sondé le fond de tes abîmes ;

O mer, nul ne connaît tes richesses intimes,

Tant vous êtes jaloux de garder vos secrets !

¡Hombre, nadie ha sondeado el fondo de tus abismos ;

Oh mar, nadie conoce tus riquezas íntimas,

Tan celosos sois guardando vuestros secretos!

 

El poeta se dirige primero al hombre. Queda establecido sin ningún género de duda que nadie ha sondeado, conocido, llegado al fondo no ya del gouffre, - algo que estaba desde el principio establecido -, sino ni siquiera a ese plano de la conciencia en el que empieza a no verse.

Después al mar. Incluso hoy con los medios existentes las simas más profundas aún son desconocidas. Sin embargo esos fondos se suponen valiosos, ricos.

Vuelve el vosotros para unificar, marcar lo análogo. Hombre libre y mar celosos de sus secretos, buscando una intimidad, una distancia con el otro.

 La última estrofa del poema es la más controvertida. El vosotros se hace, en mi opinión reflexivo. En la opinión de muchos sería un recíproco.

No cabe duda de que esta interpretación está más en la línea del símbolo tradicional del mar, de la relación que viene de lejos en la que el mar es amigo y enemigo del hombre. Esa en la que le sirve y se deja surcar, pero también en la que hace zozobrar los navíos y es lugar de lucha encarnizada en la que el hombre siempre puede perder frente a un mar que no pierde nunca.

Quizá es el: Et cependant, que sitúa esta última estrofa como continuación gramatical de la anterior, el que lleva a esta interpretación: la fácil, la que se haría si se ha olvidado que el poema se dirige al hombre libre y no simplemente al hombre.

Todo el poema ha sido un desarrollo en relación al hombre libre en sí, en su mundo personal, íntimo, en su conciencia propiamente. No hay una relación física con el mar, incluso cuando lo busca como distracción del vaivén de su espíritu, no hay ninguna correspondencia. El mar está ahí, ajeno al hombre aunque pueda servirle de respiro.

El mar es una imagen, un campo conocido para ayudar o reforzar la expresión de una realidad psíquica en su momento bastante desconocida, aún no explicitada, hacia la que no había una sensibilidad en su momento.

Dice el texto:

Et cependant voilà des siècles innombrables

Que vous vous combattez sans pitié ni remord,

Tellement vous aimez le carnage et la mort,

Y sin embargo desde siglos innumerables

Os combatís sin piedad ni remordimiento,

¡Tanto amáis la carnicería y la muerte! 

 

No hay ninguna razón para extrapolar ese combate del mar consigo mismo en su furia, en su mar de fondo, en su manera de agitarse violentamente  en sí mismo y contra sí mismo, a la posible lucha del hombre en general con el mar – en el sentido físico-.

Todo el texto anterior, sin embargo, nos ha hablado de la lucha encarnizada del hombre con su conciencia, con ese deseo de saber, de dominar, de suscitar o anular esos contenidos que aparecen en su espíritu cuando es libre para verlos aparecer, para observar cómo se desarrollan a pesar de su empeño por conducirlos, por descubrir sus causas. El hombre libre no tiene piedad de sí mismo, no ceja en su indagación por dolorosa que pueda resultarle. En Baudelaire esa lucha entre lo que serían sus ideales conscientes, buscados, y lo que encuentra en sí se convierte en el tema genérico de su poesía, de forma muy concreta en los poemas de Les fleurs du mal. Es esa lucha la que da unidad al conjunto.

Decía el poeta de su libro:

Dans ce libre atroce j’ai mis toute ma pensée, tout mon coeur, toute ma religión (travestie), toute ma haine.(4)

 

La piedad se siente ante otro o uno mismo sometido al destino cruel. Aquí no hay un destino en ese sentido, ni para el hombre ni para el mar.

La búsqueda, dolorosa o no, es una búsqueda exactamente. Es algo voluntario por parte del hombre libre.

Es cierto que puede ser tan penosa que incluso el poeta acaba en la huida, en el intento – aunque sea temporal- de escapar en la belleza o definitivamente en la muerte.

El remordimiento es un concepto religioso, que tiene que ver con la responsabilidad en función de una moral, de la aceptación de una norma que se ha trasgredido. No tiene sentido allí donde no hay nada más que el hombre y su conciencia. Tampoco cuando se refiere a la naturaleza, a cualquier realidad de esa naturaleza por más que al utilizarla como comparación o como imagen le sean atribuidas propiedades humanas.

En el poeta, en el momento de Les fleurs du mal, el único horror no buscado es el del spleen, el de esa forma evolucionada del aburrimiento de los románticos.

Mientras la conciencia está en tensión, mientras tenga un objeto no importa si es doloroso, si se asemeja a lo trágico de la lucha, a la derrota sangrienta incluso, no caerá en el spleen. Es lo buscado bajo la tensión, con un sesgo claramente mortificante muchas veces.

Baudelaire fue educado en el cristianismo. Guardó durante toda su vida un poso de esa formación en su sensibilidad para el dolor y para considerarlo como la noblesse unique.

En el último verso se vuelve a dirigir retóricamente al mar, y a ese hombre libre, cuya descripción es el tema básico del poema.

 

O lutteurs éternells, ô frères implacables!

¡Oh luchadores eternos, oh hermanos implacables!

 

El hombre libre, como el mar, no va a dejar de moverse en su conciencia, de luchar en sí mismo y no pocas veces contra sí mismo. Eso hermana al hombre libre y al mar, los hace similares y hay que reconocer que el poema termina en esa afirmación de postura tomada, de certeza de infortunio. El mar vuelve a ser una imagen de ese movimiento infinito del espíritu cuando el hombre ha dejado las cadenas que se obstinaban en cortarle el paso hacia sí mismo. Privado de la posibilidad de descender a ese fondo, al gouffre y de la posibilidad de vivenciarlo en libertad, se obligaba a rechazar todo lo que pudiera, incluso, anunciar su posible existencia.

Ser libre no es ser feliz, no es haber resuelto, según Baudelaire, el problema del mal, pero sí que le pondrá en camino para intentar sacar algo bello del mal mismo. Ese fue su último intento cuando su vida empezó a ser muy difícil.

 

No hay en este poema un símbolo a la manera de los simbolistas, tampoco en el sentido tradicional del mismo en la Literatura.

Ciertamente que el símbolo a la manera de los románticos tampoco se encuentra aquí, aunque sea permanente la relación entre la imagen y la idea. La musicalidad ayuda a crear el sentimiento propicio a la intuición de la manera en que lo explicado en los versos es vivido por el poeta.

Los simbolistas le deben mucho a Baudelaire. Ellos, y en general la poesía posterior. Su forma de utilizar el vocabulario será ya una constante. El intento de ahondar en el gouffre también. Unos lo harán con la idea de acabar viendo claro en él, - al estilo de los surrealistas en el primer momento-, otros aceptando, como diría Natalie Sarraute, que hay un fondo de donde todo surge y todo se agota y a partir del cual hay que renunciar a saber.

Su visión sobre la psicología del hombre tiene intuiciones que, incluso hoy, aún no son moneda corriente entre los especialistas.

 

 

1.- Un poema debe ser una fiesta del intelecto : en esta fiesta participan todos los adornos del lenguaje y todos los recursos de la música.

 2.-Llamamos aquí intuición a la simpatía por la cual uno se transporta al interior de un objeto para coincidir con lo que tiene de único y por consiguiente de inexpresable.

 3.- Comprender es sentirse capaz de hacer.

 4.- En este libro atroz he puesto todo mi pensamiento, todo mi corazón, toda mi religión (travestida), todo mi odio.

5.- La fraîcheur de leur lits, l’ombre qui les couronne,

M’enchaînent tout le jour sur les bords des ruisseaux ;

Comme un enfant bercé par un char monotone,

Mon âme s’assoupit au murmure des eaux.

 

  

 L’HOMME ET LA MER

 

Homme libre, toujours tu cherira la mer !

La mer est ton miroir ; tu contemples ton âme

Dans le déroulement infini de sa lame,

Et ton esprit n’est pas un gouffre moins amer.

 

Tu te plais à plonger au sein de ton image ;

Tu l’embrasses des yeux et des bras, et ton coeur

Se distrait quelquefois de sa propre rumeur

Au bruit de cette plainte indoptable et sauvage.

 

Vous êtes tous les deux ténébreux et discret :

Homme, nul n’a sondé le fond de tes abîmes ;

O mer, nul ne connaît tes richesses intimes,

Tant vous êtes jaloux de garder vos secrets !

 

Et cependant voilà des siècles innombrables

Que vous vous combatez sans pitié ni remord,

Tellement vous aimez le carnage et la mort,

O lutteurs éternels, ô frères implacables !

 

 

 

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