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Habíamos parado a
desayunar en Bailén. Habíamos dejado allí, en la puerta del restaurante,
el último jazmín florido. Era un jazmín agotado de echar flor, deseoso
quizá de un descanso de invierno. Habíamos dejado el Sur. La Mancha nos
acogía en aquella mañana de la víspera de la Inmaculada con un cielo
bajo y blanco como la escarcha que cubría las hierbas de la cuneta y los
restos de los cardos altos que los jilgueros habían convertido en sus
despensas hasta dos meses antes. Hacía frío; reencontrábamos el hielo
casi olvidado después de tantos años. Tierras rojas, viñas que sólo eran
cepas desnudas, una llanura vacía, inmensa, con sus pequeños badenes
para volvernos a la realidad, para hacer que la autovía no fuese
definitivamente monótona. Una llanura en la que no había nadie.
Kilómetros y kilómetros resguardados en el coche, mirando aquella tierra
sin sombras. Un pueblo y otro, un momento para sentirse en el mundo o
cerca de él. Luego, otra vez la llanura con horizontes borrosos perdidos
en esa especie de neblina que dan las mañanas de nubes bajas, de cielos
blancos, de cero grados o casi. No hacía viento. La autovía no tiene
árboles y se echan de menos: los árboles, y los tarays de hojas
finísimas de un verde suave, de un rojo sepia en el otoño, de un casi
gris en pleno invierno. No pensábamos en las alambradas nos separaban de
la tierra, de aquellos campos vacíos. El seto entre las dos bandas era
rojizo, verde y gris. Atrapado entre los quitamiedos era el único resto
de algo vivo, de una naturaleza que aún podía prometer una primavera.
¿Qué es eso? - Habíamos bajado suavemente, sin darnos cuenta, y en la
vaguada, que no era sino la parte baja de una gran ondulación del terreno,
allí donde sin duda corría el aire más que en ningún sitio había cientos,
miles y miles de plantas como bolas pardas de ramas finas y secas. Ligeras,
como hechas de aire y casi de aire, atrapado entre las ramas que fueron
verdes y después rojizas, que florecieron y esparcieron en su rodar loco
miles, millones de semillas.
¡Los churuviscos! ¡Los churuviscos, como decía la abuela! Tenía que ser eso.
Las dos alambradas estaban cubiertas hasta arriba. Habían puesto una
alambrada en la mediana que a pesar de ser alta parecía no ser suficiente
para retener a los escapaban más alto que las alambradas de los lados. ¿ Se
llamarán realmente churuviscos? Una vez lo miramos en el diccionario y sólo
pudimos encontrar torviscos. Podía ser la misma planta, podía ser el mismo
nombre después de pasar por varios cambios. No importaba. Aquello era
impresionante. Era impresionante pensar en una noche de viento con aquellas
bolas enormes pasando sobre la carretera, rodando sobre la carretera,
dejándose caer sobre un coche como una bruja que decide subir y bajar con
las faldas huecas y agarrada a una escoba juguetona. ¡ Qué peligro!
Debían de ser impresionantes las fogatas de churuviscos. Un instante de
calor y de luz que se inflama y se extingue casi en el mismo impulso. Muchos
churuviscos bien pisados, puestos en una pira para que ese fuego desmesurado
y loco dure algo más de unos instantes. Fogatas de niños que en invierno no
temen al fuego. Lumbres que se encienden porque el churuvisco arde a la
primera en cuanto se le acerca la mecha protegida que un pedernal encendió
resguardándola del viento. Un churuvisco que da luz un instante en una choza
de pastores, que con otros, aplastados, reducidos a casi nada hacen renacer
una lumbre mortecina. Churuviscos, torviscos quizá, a los que en otro tiempo
ninguna autovía cortaba el paso y rodaban, y subían y volvían a bajar y a
rodar empujados por los vientos del otoño hasta acabar aniquilados en la
calma húmeda del invierno.
Pasábamos por Tembleque, pasábamos entre aquellos muros de churuviscos.
Menos mal que no hacía viento. Menos mal que la mañana húmeda y fría los
mantenía sujetos contra los alambres, muertos allí, pero dispuestos a subir
con el primer remolino y saltar y volar por las llanuras que íbamos dejando
olvidadas en aquella mañana de cielo blanco en el que un sol amarillo pastel
empezaba a abrirse paso.
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