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Los periódicos
se han hecho eco ampliamente, y volverán a ello, de la polémica sobre la Ley
de Educación, sobre la LOCE.
Parece mentira
que siempre sea la ley el punto de disputa, y digo disputa y no discusión,
cuando entre los políticos hay tan poco respeto hacia cualquier ley, sea la
que sea: la propia o la ajena, la del partido en el poder o la que hizo el
poder anterior.
Todos llegan
queriendo cambiar la ley de educación: esa es siempre una oferta estrella en
las campañas electorales. Llegan con prisa al poder, no tienen paciencia y
trabajan atendiendo a todos los tópicos electoralistas, lo que equivale a
trabajar para la galería. Cambian algo llamativo, alguna cosa, pero no
suelen tener demasiado sentido de la conexión que han de tener las leyes
unas con otras. Eso, y la necesidad de seguir en todo lo no cambiado con la
ley anterior da extraños híbridos desde el punto de vista legal. Desde la
realidad de los centros, desde las clases, todos los esperpentos son
posibles, todas las contradicciones tienen o quieren tener cabida.
Resultado: el caos.
Hay una
constante: la ley del 70, la Ley General de Educación – llamada también de
Villar Palasí – tuvieron que ponerla en práctica, en lo que a las etapas más
problemáticas se refiere, el gobierno de la Transición y el primer gobierno
de la democracia: el Bachillerato, por ejemplo. En todo ese tiempo no se
promulgó más que una ley de funcionamiento de los Centros. Todo lo demás
quedó igual. Llegó el PSOE al poder y lo antes posible – tampoco muy pronto
– hizo la LODE, una vez más una ley de funcionamiento de los Centros. Para
todo lo demás seguíamos con la Ley General. Pasó el tiempo ¿Recuerdan de qué
año es la LOGSE? Si no lo recuerdan, búsquenlo y no olviden que el PSOE
llegó al poder en el 82.
Todos los que
enseñábamos en aquellos años sabemos lo que fue la Reforma, la
experimentación de la Reforma y lo que bien podíamos llamar “La
Contrarreforma”. Recordamos también todo aquello del calendario de
aplicación de la experimentación de la Reforma, de la Reforma, de los
calendarios de aplicación de la LOGSE, de los cambios en esos calendarios.
¿Cuántos años pasaron estando vigente la Ley del 70? Cuando se generalizó la
aplicación de la LOGSE en los tramos más conflictivos el PSOE ya no estaba
en el poder. El PP quiso hacer su ley. Tardó, sabemos que tardó. Tardó tanto
que ha dejado la aplicación en herencia al PSOE.
Mucho ruido con
la suspensión de la Ley de Calidad, pero en realidad esa ley, ¿qué cambia
con respecto a la LOGSE? Se habla de la suspensión, de momento sólo puede
hacerse un retraso en la aplicación, pero incluso ese retraso no afecta más
que a lo más llamativo – como la implantación de la Reválida – porque en
otros aspectos la ley sigue vigente y el partido en el poder no tiene
intención de cambiarla. De hecho y de derecho, la ley de calidad, la LOCE no
cambia en lo esencial la LOGSE. ¿A qué viene tanto revuelo? ¿Cómo es posible
que sobre la base de la Ley del 70 se haya hecho tanto cambio para no
cambiar ni los objetivos, ni los métodos, ni las líneas generales del
sistema educativo? El PSOE promete una nueva ley orgánica. Veremos lo que se
cambia realmente y cuándo.
Todos estos
cambios, todas estas contradicciones no serían nada si hubiera un sentido de
la ley, una convicción en cuanto a su beneficio, un arraigo profundo de la
idea de que decir leyes es decir libertad y no lo contrario, una idea de lo
que son realmente los derechos y los deberes. Se necesitaría un reflejo que
permitiera entender siempre que cada vez que se deja de cumplir un deber –
una ley - a alguien se le priva de sus derechos. Los partidos se suceden en
el poder pero no puede decirse que ninguno se haya destacado por lo que es
privativo del poder ejecutivo: hacer cumplir la ley. Hacerla cumplir en
general y en el día a día de las instituciones públicas y privadas. Tampoco
se han destacado por saber analizar qué darían sus leyes, sus reglamentos,
sus normas en la realidad. ¿No lo sabían, o lo sabían demasiado bien? Esa
puede ser una buena pregunta. La dejaré por ahora. No hablaré de la forma en
que se ha denostado una ley para hacer otra, en lo esencial, igual. No voy a
hablar tampoco de la Ley de Autonomía Universitaria porque es notorio hasta
qué punto fue vergonzoso que una propuesta tras otra fueran rechazadas hasta
que quedó una ley que no era una ley sino una patente de corso para que con
la excusa de la autonomía universitaria cada Universidad, cada Facultad
hiciera lo que le diera la gana – léase lo que convenga a los intereses
endogámicos más inconfesables por no hablar de los políticos más ramplones.
Una patente de
corso, esa es la aspiración máxima que parece estar no tanto bajo el texto
legal como bajo su imposibilidad de aplicación en la realidad que pretende
regular. Se disfraza con ropajes que pueden parecer diferentes, pero que
apenas si son distintos. En su aberrante combinación sólo podrían engañar a
una minoría, pero en la realidad tienen el poder de contactar con no pocas
necesidades profundas que nadie quiere hacer explícitas y que muchos no
podrían reconocer aunque quisieran. Hay un dicho popular que no puede ser
más claro: El que hace la ley hace la trampa. Digamos que lo más
sorprendente es que casi todos entren al trapo de esa trampa aunque les
perjudique a corto o a medio plazo.
La ley, para
empezar, no se la lee casi nadie. Estudiarla, revisarla para saber
exactamente cómo actuar es cosa de un porcentaje estadísticamente sin valor.
Los políticos lo saben. Hacen o ponen en práctica una ley pero dan la
versión que saben va a conectar con la mayoría. Según esa versión se
preparan textos, apoyos, cursillos y todos los etc. que conocemos. Nadie se
salta abiertamente lo estrictamente formal – aunque una buena inspección de
servicios descubriría no pocos fraudes de ley y de los otros-. La realidad
es, sin embargo, otra cosa.
Pongo unos
ejemplos recientes y simples: La LOCE permite que el alumno repita en todos
los cursos. Perfecto, dicen los profesores. Hace repetir con dos áreas
suspensas. Bravo. Perfecto, dicen muchos profesores. Yo pregunto: ¿con
cuántas áreas se hacía repetir en los centros, donde se acordaba – sin que
constara en ningún sitio – el criterio de promoción? ¿Qué impedía de hecho
acordarlo? ¿Cuál es el cambio real, incluso el legal, si se mantiene la
decisión colegiada para la promoción? ¿Cómo encaja el concepto de
evaluación, cómo el de equipo docente?
Habrá notas
numéricas. ¡Bien!, dice más de uno. Los que así se pronuncian son los mismos
que durante todos estos años puntuaban numéricamente y luego traducían la
numeración a la nomenclatura oficial. El cambio sólo va suponer un alivio
matemático, un descanso para las calculadoras – un indiscutible ahorro
energético -, aunque eso sí: a partir de ahora hablar de evaluación empieza
a tener muy poco sentido, legalmente quiero decir, porque hablar de
evaluación ha sido una exigencia legal, una pura palabra casi siempre: con
notas numéricas o sin ellas. (Lo que es grave ya que el sistema descansa en
ese concepto).
El PSOE no ha
tocado ninguna de las dos medidas “de calidad”. Sabe que eso estaría muy mal
visto por los profesores, que mantener esas medidas le permitirá ganar más
de un punto. La realidad es que los alumnos van a seguir promocionando, no
con más de dos, sino, con treinta, con más de treinta áreas suspensas,
porque sólo podrán repetir una vez y al curso siguiente promocionarán con lo
que sea. Eso puede estar bien o mal, pero invalida cualquier pretensión de
que sea el nivel del alumno el que decida la promoción. Eso acabará con el
sueño de la calidad, con el sueño de las clases con un nivel mínimo. La
promoción automática seguirá siendo un hecho, un curso sí y otro no, claro.
En Primaria no repetirán mucho porque dejar a los alumnos repitiendo crea
problemas de ajuste de grupos muy serios y rencillas entre los profesores.
En Secundaria sólo habrá unas opciones muy concretas ya que por cuestión de
edad los alumnos no podrán repetir más que dos veces y si lo hacen en más de
dos cursos se tendrán que desescolarizar masivamente en tercero de ESO.
Hablar del
mantenimiento de los exámenes de recuperación, de esas segundas pruebas de
evaluación, que sustituirían a los suprimidos exámenes de septiembre, sería
risible si no fuera simplemente injusto. Las comunidades en las que gobierna
el PSOE tendrán exámenes extraordinarios a finales de junio, (para ello los
alumnos serán evaluados el ocho de junio y seguirán asistiendo a clase,
aprobados o a la espera de los exámenes extraordinarios. ¿Cómo se
programarán esas clases?¿para quién?¿A cambio de qué?) En las otras, esos
exámenes serán en septiembre. Sería para no creerlo. Las pruebas en junio
podrían ser en la práctica, aunque con un sentido legal muy diferente, lo
más cercano a la Suficiencia, ¿lo recuerdan?
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