|
Es preciso
dejar de llorar por un pasado educativo que muchas veces ni siquiera fue
como se recuerda. Es preciso pensar en qué hacer para que las cosas no sigan
como están, para que no empeoren, -porque pueden empeorar-.
Es necesario
abandonar de una vez por todas las falsas esperanzas, las afirmaciones
obstinadas en las que son siempre otros los que tienen que empezar a
cambiar.
No es momento
para creer que el desastre de la escuela, del instituto será algo que
empeore hasta que, como en los cuentos, un hada mágica salve a los buenos y
castigue a los malos.
Es increíble,
pero resulta cierto que en esta sociedad científico-tecnológica muchos
siguen confiando las soluciones a las fórmulas mágicas. La escuela siempre
ha sido, aunque no debiera, un reflejo de la sociedad. No es anecdótico el
auge de toda clase de adivinos, de chamanes, de gentes que se ganan la vida
haciendo creer a otros muchos que no tendrán que hacer nada por la suya, que
no necesitarán esforzarse por mejorarla, por encontrar una salida por
precaria que sea. Ellos son la prueba de que muchos siguen creyendo en el
Destino, en la Suerte, en el Azar, en las grandes catarsis, en un mundo
lleno de supersticiones que creíamos felizmente barrido por la Ilustración.
Están los que
llaman a la echadora de cartas, los que consultan a un gurú cualquiera, pero
están esos otros que no comparten teóricamente esas esperanzas, pero que en
la práctica, en su vida práctica, en su vida profesional no saben ya qué
disculpa poner, a quién exigir, a quien pedir que se resuelvan sus
problemas. Confían, siguen confiando en que todo está ya decidido, en que
nada puede cambiar, en que el desastre, por más que fuera algo anunciado, –
muchos de ellos se negaban incluso a creer que fuera posible -, es
irremediable. Se aferran a un cambio futurible que tendría, según ellos, que
ser radical y a cuyo análisis en la realidad se niegan.
Están, y no son
pocos, los especialistas, los teóricos que insisten en la defensa de todo lo
que ha fracasado, o en aquello que nunca se puso en práctica, aunque
tuvieran incluso rango de ley, y que, ellos también, se niegan a analizar en
términos de realidad.
Que ningún
docente espere una gran ayuda de todos esos que creen en que su autoestima
es independiente de sus posibilidades de manejar sus clases, de reconducir
su trabajo, de entrar en una relación aceptable con los alumnos en su rol de
profesor. Lo de pretender salvarse con el rol de “colega” ya se ha visto lo
que da de sí.
Ha llegado el
momento de, con independencia de los políticos – sería demasiado atribuirles
el poder de mejorar sustancialmente la tan deteriorada enseñanza -, con
independencia de instar a la Administración a que asuma su responsabilidad
en el desastre, cada uno reconsidere la situación y abandone las falsas
esperanzas.
¿Cree algún
docente que los alumnos van a llegar a su aula mejor educados, sabiendo más,
más maduros, más… esto o aquello en términos positivos, así, sin más, de un
día para otro?
Puede que
alguien tenga la suerte de cambiarse a un centro menos malo, de encontrar un
grupo particularmente viable, pero esa será la excepción, la maravillosa
excepción que no se repetirá con frecuencia.
¿Cree algún
docente que es viable, por razones económicas, de distribución de la ciudad
en barrios estancos con marcadas diferencias socioecómicas, por la
dispersión de la población en pequeños y no tan pequeños municipios, por
toda la demagogia que se viene haciendo desde hace años que una selección
académica de los alumnos - rigurosa y explícita - es posible?
¿No teme que si
se intenta los resultados del informe PISA serían gloriosos comparados con
lo que esa selección descubriría? ¿Cuánto tiempo cree que puede durar la
inocencia de los profesores en este asunto?
¿Qué se iba a
hacer y quién se ocuparía de los alumnos que no fueran la elite
“intelectual”?
Nadie debe
dejarse engañar por los miles de libros vendidos en los que se habla de la
enseñanza y sus problemas sin tocar para nada el tema profesores. Quien
escribe uno de esos libros sabe que serán ellos los que los compren, los que
acudan a sus conferencias, los que hagan que le contraten para cursos,
masters y cursillos. Quien escribe esos libros sabe que todos podrán ser
encontrados en falta menos los profesores.
Con motivo del
tan comentado informe en el que quedamos muy mal he leído multitud de
artículos, he oído muchos comentarios. Artículos de primeros espadas del
periodismo que habitualmente están bien informados. Esta vez no. Esta vez
sus artículos estaban llenos de falsedades, de ignorancias sobre la ley
vigente, sobre la enseñanza en general, sobre la realidad del día a día de
las clases. No me pareció eso lo más grave. Lo más grave es que resultaban
una cantinela de lamentos o de quejas, o de denuncias de situaciones que no
llevaban a un análisis de la realidad, ni la legal, ni tampoco la de la
docencia práctica.
Lo peor de todo
es que sus artículos repetían los lugares comunes que son moneda corriente
en las salas de profesores, en los claustros, en las tertulias. No hay peor
situación que la que se ignora, la que es suplantada por los tópicos que se
repiten para silenciarla, para eludirla, para que no tenga nada que ver con
la realidad.
La enseñanza
está muy mal pero no va a mejorar ni poco ni mucho- más bien irá a peor –
sin un mínimo de valentía para explorarla sin analgésicos, con el paciente
bien despierto.
El paciente
será, por supuesto, el profesor. Será él, porque él es el único que puede
hacer algo para mejorar la situación. Él es el único que tiene un poder real
en las aulas, sobre los alumnos, sobre las familias que, se quiera o no, - y
aunque se haya abusado de la palabra participación para echarlas de la
escuela sin que se dieran demasiada cuenta–, son parte del aula, son parte
de los alumnos y están en cada uno de ellos.
El profesor es
el único que tiene poder sobre la Administración. Su poder no está en
suplantarla, sino en exigirle que sea coherente con lo que ordena, con lo
que legisla. Exigirlo hasta sus últimas consecuencias y hasta los pequeños
detalles. Para exigir en el marco de la ley hay que cumplirla. Para
cumplirla hay que conocerla. Lo primero será siempre acercarse a ella sin
los prejuicios del “se ha hecho siempre así”, en el centro del que yo vengo
se hacía…”, “hagas lo que hagas no te hacen caso”, “ de todas formas da
igual”, “yo por escrito nada”, “ el director dice, o manda” “el libro…”,
“los padres, ¡oh! los padres…”. Tantos y tantos que han acabado
convirtiendo los centros en lugares inseguros, incongruentes, cercenadores
de cualquier dignidad personal o profesional.
Decía
Montesquieu que lo malo de los prejuicios no es que se ignoren ciertas
cosas, sino que por ellos uno se ignora a sí mismo. Los prejuicios al uso
hacen que el profesor ignore lo más importante: Cuáles son sus posibilidades
y cuáles son sus límites.
Posibilidades y límites concretan cualquier realidad. Conocerlos es tener
alguna posibilidad de vivir en ella. Desconocerlos es vivir para huir de la
propia vida.
|