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Hemos elegido
la paz en democracia. Es decir: hemos elegido un sistema de mayorías
conseguidas en votaciones perfectamente reguladas - aunque eso no equivalga
a sistemas perfectos - para asignarles el poder. No terminamos de entender,
muchos aún no entienden, que el problema del poder una vez que se abandona
la creencia de que es designado por Dios está en decidir si es la fuerza la
que lo legitima o si se recurre al sistema democrático. Sistema que acepta
que el poder no es ni absoluto, ni infalible, ni eterno; ni coincidente con
la verdad, la oportunidad o la razón. Todo lo que no sea esta aceptación
queda fuera de la democracia moderna y por supuesto está en la línea de la
imposición por la fuerza.
Ha habido una
guerra; hemos participado en ella - como en otros conflictos anteriores -
en la medida en la que un país con un ejército mínimo puede participar. Ha
sido suficiente para que se haya desaprovechado una buena ocasión para
EDUCAR PARA LA PAZ, en paz y pacíficamente.
Decía
Montesquieu (claro que hubo quien en el PSOE dijo que había que volver a
enterrarlo , y sus razones tenía) que el ciudadano, el sujeto en una
democracia necesita la virtud para que esta pueda persistir. Definía la
virtud como el hábito de obrar según la ley. Aquí, con independencia de la
postura que se tuviera con respecto a la guerra, la izquierda y algunos más
se han puesto donde solían: en la calle. En la calle y airadamente,
violentamente a veces, y deslegitimando todo el sistema legal en la toma de
decisiones de poder.
Han confundido,
una vez más, la libertad de expresión con el derecho a la imposición del
propio criterio cuando no se tiene la mayoría, o lo que es lo mismo: cuando
no se tiene el poder. Han vuelto a confundir la algarada - la gente que
puede llenar las calles - con la mayoría en democracia, que sólo se consigue
en las urnas.
Ha resucitado
el sindicato de estudiantes, una vez más, para abusar de la rebeldía de los
adolescentes, de sus ganas de sacudirse el tedio que les produce ser una
mayoría de alumnos sin futuro escolar con todas las frustraciones que eso
conlleva, para darles la lección práctica de cómo se puede olvidar uno de
todo derecho, del estado de derecho, de todas las reglas del juego
democrático. Hemos asistido a la violencia de los pacifistas, a la guerra de
los antibelicistas, al intento de imposición de la calle frente al poder
legítimo. Al intento de sustitución de ese poder por las masas. Mala
lección, pésima lección, peligrosa lección en España donde siempre late una
cierta tendencia a lo anarcoasambleario que acaba en el resentimiento y por
lo mismo en la fuerza.
Los jóvenes,
que han llegado a ejercer un poder dictatorial en sus casas, en sus centros
de estudio - aunque en ellos estudien más bien poco - en las calles los
fines de semana y que necesitan casi nada para animarse a destruir, negar,
arremeter contra una sociedad que les ha dado casi todo y que no les ha
pedido nada son fáciles de manejar y han tenido ocasión para dar libre curso
a su propia violencia. Es casi imposible hacerles comprender que en
democracia la calle no es - ni debe ser - la que tenga el poder. Es difícil
hacerles entender que hay razones para justificar todo, o para demostrar
cualquier cosa. Por eso mismo las democracias modernas, que ya no creen en
la verdad como un absoluto ( aunque muchos se aferren a que su verdad es la
única verdad, y que como decía Platón coincide - además - con el bien y con
la belleza) han establecido sistemas en los que se da cabida a todas las
opiniones, pero en los lugares y las formas que se regulan. Se otorga el
poder de decisión según ley y no por razón de " la verdad". Hacerse oír,
discrepar, discutir, todo tiene cabida en marcos que excluyen la fuerza o la
presión que se ejerce bajo amenazas en la calle.
Esta guerra,
desgraciada como todas las guerras, ha tenido un sobreañadido por el que el
país va a pagar un alto precio. Ha sido ocasión para una mala, una malísima
lección de EDUCACIÓN PARA LA PAZ. La pésima lección en muchos casos ha sido
recibida en las mismas aulas o en los mismos centros educativos con el
placet de las autoridades e incluso a instancias de las mismas. La paz se ha
defendido al margen del sistema democrático cuestionándolo de forma grave y
atacándolo de palabra y de hecho. Ha sido, además, la ocasión para que todos
los violentos encuentren legitimada su violencia. Ha sido, también, ocasión
para polarizar el debate previo a unas elecciones dando lugar a la demagogia
más repugnante y haciendo - y eso es lo más grave - que una nueva generación
tenga la peor lección práctica y el peor ejemplo sobre qué ha de ser un
ciudadano y cuáles sus obligaciones en lo que a conocimiento sobre la
realidad, análisis sobre el debate político y acatamiento de la ley en la
discrepancia, que es lo difícil, se refiere.
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