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Profesores que
padecen el "síndrome del quemado", ¿cuántos? ¿desde cuándo? ¿Con qué
posibilidades de recuperación?
Preguntas que
tendrían que encontrar una respuesta antes de la vuelta a clase, antes de
ese próximo curso que empezará - para Secundaria- a mitad justo de
septiembre y que terminará más tarde que nunca al añadirse a las
evaluaciones finales de junio, las finalísimas de recuperación que la Junta
de Andalucía no quiere que sean en septiembre, - por el tema de la
organización, dicen -.
Burnout,
quemado. La palabra en español es muy explícita. No se trata de algo que se
ha dorado por el fuego, ni que se ha chamuscado por la misma razón, si no
que el fuego lo ha aniquilado en lo que era. Algo que ya no es, que nunca
volverá a ser, que no tiene ninguna posibilidad de ser de nuevo lo mismo que
era. El profesor quemado no es el que ha tenido una mala racha, una
experiencia desagradable un día cualquiera, con un alumno cualquiera, con
unos padres, con algún compañero. No es alguien que en un curso ha tenido
problemas de salud, o que se le han juntado varios problemas u ocupaciones
personales ineludibles y le ha sido más que difícil atenderlas todas. El
profesor quemado no renace así como así de sus cenizas, de lo que queda de
él como profesor.
El profesor
quemado no estará dispuesto para el trabajo porque haya tenido dos ni tres
meses de vacaciones. No podrá volver y atender sus clases sólo porque
durante los meses del verano haya hecho lo posible por olvidar que es un
profesor, que está, o se ve, obligado a seguir siéndolo. Ese olvido, esa
huida no le servirá de nada cuando llegue septiembre y los alumnos y él
vuelvan a las aulas. Se leía en la prensa de hace unos días: " un profesor
que padece el " síndrome del quemado", dice que siempre está hecho polvo,
debido a que sus alumnos le hacen la vida imposible. Le insultan a gritos
cuando va por los pasillos y cuando le pide a alguno que se salga de la
clase, éste le responde que no se va. Se siente impotente y frustrado ante
su hipotética " falta de habilidad para transmitir conocimientos". No le
gusta suspenderlos."
Con este
cuadro, con estos datos, procurados por él mismo , ya es más que suficiente
para comprender que las vacaciones no resolverán el problema de este
profesor. Su problema, él mismo lo apunta, es de falta de habilidad: no sabe
cómo. Su clase, en lo que significa con carácter general una clase, no
funciona. Como no funciona se convierte en algo lleno de contradicciones en
sí mismo, algo muy difícil de llevar a todos los niveles. Estar en un aula,
una hora tras otra, sin que esa permanencia tenga sentido es imposible.
Habrá otras muchas cosa que puedan fallar, pero con que falle lo que da
sentido a una clase, a esa reclusión de treinta alumnos y un profesor
durante dos, tres o cuatro horas semanales en un recinto tan vacío como es
un aula y que sólo puede llenarse cuando las propuestas de enseñanza
-aprendizaje sean capaces de hacer surgir un interés por el mundo, por la
vida, por el conocimiento de la realidad o de uno mismo y si es de ambas
cosas mucho mejor, el profesor acabará quemado. Al curso siguiente, si ese
profesor es nuevo en el centro puede que sobreviva una o dos semanas, si
repite destino no estará a salvo ni dos días.
Pueden hacerse
muchas preguntas para encontrar sentido al hecho cada vez más frecuente de
esta disfunción esencial en las aulas, de este aumento exponencial de
profesores quemados. ¿ Es algo relativamente nuevo? Antes, ¿ todos los
profesores sabían cómo llevar sus clases? ¿Afecta exclusivamente a los
mayores, o también a los jóvenes? ¿ Es más grave cuando el quemado es un
veterano o cuando es un profesor de poca experiencia? ¿ Hay constancia de
que un profesor quemado haya dejado de estarlo? No cabe duda de que el
sistema escolar en la medida en que impide - en la práctica - la exclusión
de los alumnos y también la consolidación de clases más o menos homogéneas
en intereses y niveles ha empeorado mucho las cosas. No es menos cierto que
siempre ha habido profesores de los que se han reído los alumnos, que no han
sido respetados en absoluto, que han tenido que sufrir el escarnio de sus
pupilos. Recuerdo ahora la experiencia como profesor del protagonista de "
Le petit chose" de Alfonso Dodet. Recuerdo su temor " a los grandes".
Recuerdo también que en algún sitio leí que este síndrome era frecuente
entre las institutrices que tenían que mantener la autoridad con unos
alumnos que se sabían de superior rango, que podían de hecho hacer que
fuesen despedidas en cualquier momento. Había profesores de centros privados
que sólo gracias a la autoridad del director conseguían que sus clases no se
desmadraran del todo. ¿ Estaban todos ellos quemados? Puede ser. Tenían, en
cualquier caso, algún que otro asidero para sobrevivir. La fe, el temor a la
necesidad más absoluta, el apoyo - con condiciones - de sus superiores, el
hecho de que los alumnos no lo resolvían todo a gritos, ni con los peores
modales porque nadie había trabajado tanto como lo han hecho los profesores
progres por desinhibir a los alumnos y a la población en general.
Los
profesores jóvenes lo mismo que la mayoría de los veteranos, capaces o no,
no quieren superiores, no quieren estructuras que los amparen, no quieren
programas que les ayuden a mantener un mínimo de orden en su actividad de
clase. Algunos no quieren, no les gusta - dice el profesor quemado del que
habla el periódico - suspender a los alumnos. Otros confían en que
suspendiendo, haciendo imposible que los alumnos pasen de curso, podrán
cambiar sus clases. No quieren asumir que hacen un trabajo, que tendrían
para empezar que considerar si pueden hacerlo, si saben y valen para
hacerlo.
Un compañero
que durante una hora de clase tuvo que bajar tres veces a la Jefatura de
Estudios para que subiera alguien a poner orden en su aula decía dos horas
después cuando se intentó ayudarle para que pudiera entrar al día siguiente
con los mismos alumnos: " yo no tengo problemas". Cuando a final de curso, y
ante el hecho afortunado de su traslado a otro centro con la posibilidad de
empezar de nuevo, se le instó a que se preparara para el futuro, a que
reflexionara sobre lo sucedido, sobre lo que tendría que cambiar, dijo: yo
no tengo nada que reflexionar, yo sólo quiero olvidarme hasta el quince de
septiembre.
Está quemado.
Está literalmente quemado. Es inservible. Difícilmente quedará algo de savia
en sus raíces, allí donde los árboles autóctonos conservan una posibilidad
de volver a brotar, de tener otro tronco otras ramas. Afortunadamente esa no
es la situación de todos, aunque sí de muchos, de muchos más de los que
pueda creerse. El profesor quemado, el que aún mantenga un mínimo de savia
en sus raíces tendría que intentar prepararse para el otoño, para la vuelta
a clase. Tendría que hacerlo, pero nadie le ayudará, sino todo lo contrario.
Se empieza,
como en el caso del periódico al que he hecho referencia, por hacer creer
que bastará con " descansar", con olvidar, con dedicarse a cualquier cosa
que no tenga nada que ver con la profesión. Se ignora, así, el problema
real. Las escuelas de verano para profesores, los cursos de las
Universidades, los cursillos y jornadas de los CEPS y otras instituciones
ofrecen cosas interesantes sin duda, pero lejos de las necesidades de estos
profesores. No basta, incluso en el mejor de los casos, un curso para
dominar el estrés o la ansiedad para que un profesor resuelva el día a día
de sus clases. No servirá de nada intentar mejorar su autoestima si
realmente no tiene con qué resolver ese reto diario de hacer algo que
merezca la pena en su clase. No serán , por supuesto, las nuevas tecnologías
las que le ayuden. No hay recetas, ya se sabe, pero quizá una buena
reflexión sobre estos temas pueda ayudar a algún profesor quemado a
encontrar un camino más transitable.
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