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Ya no es
un tema tabú eso de reclamar buenos modales; es más bien un clamor. Es un
clamor también entre los docentes, aunque muchos de entre ellos, de entre
nosotros, se hayan dedicado durante años a terminar con lo poco que había
al respecto.
La cortesía, la
esquisitez de los modales no es algo que se corresponda con nuestra
tradición. Habrá que releer a Larra para darse cuenta de dónde venimos. Los
modales, la cortesía se han entendido siempre como algo molesto para el que
tiene que practicarlos. Se han considerado también como el precio que paga
el inferior frente al poder, frente al superior. Se han considerado como el
tributo del niño hacia el adulto. Lo auténtico, lo natural, aquello que
permite la desinhibición ha tenido fama de ser lo mejor, con la conciencia
de que sólo debería ser suplantado por los buenos modales como algo
necesario según en qué circunstancias. Del Ejército a la Iglesia, de la
Nobleza que se embozaba para disfrutar sin miramientos, más que el pueblo
con el populacho, al burgués que sólo anhelaba poder comportarse como un
rufián sin tener que atenerse a ninguna contención, todos llevando como una
cruz las buenas maneras aprendidas con disgusto y practicadas lo menos
posible. Del padre que obligaba a sus hijos a tratarle con respeto, pero que
no se sentía obligado a respetar a nadie, del profesor que lo mismo gritaba,
que insultaba, que ponía en ridículo, que se sentía poderoso porque podía
desinhibirse ante sus alumnos como nunca se hubiera atrevido a hacerlo en
presencia de los adultos.
Aquí no es
cierto eso de " noblesse oblige" sino más bien: nobleza, cargo, rango,
permite saltarse todas las barreras del buen tono, de eso que se llamó la
buena educación y que no pasó del adiestramiento para las ocasiones
imprescindibles. En una casa, a callar todos los inferiores: mujeres, niños,
sirvientes, el chico de la tienda, el camarero, el portero e incluso el
funcionario que había de enfrentarse al dilema de cumplir con su deber o
enfrentarse a todo aquel que decía : Ud. no sabe con quién está hablando.
Claro que todo podía tener su compensación: era cuestión de resarcirse con
alguien inferior. Sólo era cuestión de buscar una víctima o una ocasión
propicia para que la hubiera. Las buenas maneras han sido entendidas con
frecuencia como expresión de sumisión, como amaneramiento que busca la
aquiescencia, como simple cursilería, como doblez o falsedad. Desprecio, en
suma. Algo que pareció simplemente incompatible con la libertad y la
democracia.
Cada uno pensó
en liberarse de esa obligación del respeto y la amabilidad mínima; no se
pensó en mantener la convivencia sino en imponer a los otros la propia
presencia, los propios intereses, la propia vida. Lo lógico es que la
democracia hubiera obligado a unas maneras, a unas buenas maneras sin
distinción de clases, de posición o de relaciones de poder. Lo lógico es que
las buenas maneras se hubieran hecho universales, por aquello de la
fraternidad y la igualdad. Eso hubiera sido lo lógico, pero no lo que más de
uno pensó, lo que los más pensaron. Pensaron en librarse de lo que entendían
como formas de sumisión y creyeron que los que estaban por debajo de ellos
no iban a pensar lo mismo. Por si fuera poco, entre todos los modos sociales
existentes, se erigieron en modelos no los de las clases populares, como
ahora más de uno quiere hacer creer, sino los de lumpem, los de aquellos no
eran el pueblo, sino lo que siempre se llamó la canalla, las gentes cuya
situación les obligaba a una violencia en la que el trato sólo era la
expresión de su agresividad, de sus dificultades para poder entender la vida
como algo que también puede ser amable.
Antiguos
alumnos y alumnas de los colegios más selectos se lanzaron a hablar como
carreteros, a despreciar todo lo que les habían enseñado, a hacer de todo
ello el símbolo de los nuevos tiempos. Arrasaron. Cualquier medio de
expresión fue bueno para llevar aquel mensaje de relaciones agresivas, que
ellos creyeron que sólo se dirigiría a los que consideraban sus superiores o
los detentadores del poder, pero que en su ingenuidad nunca pensaron que
para otros ellos eran el poder, aquello que había que atacar, por todos los
medios. ¿ Cuántos profesores nunca pensaron que los alumnos aprenderían sin
reservas esas formas violentas de comportamiento?
Los malos
modales, esas maneras, son esencialmente violentas; son un intento de llegar
al otro sin contemplaciones, de rozarle sin miramientos, de entrar en su
espacio sin pedir permiso y hacerlo en dueño que violenta y echa de su casa
al otro. Un alumno impone su aburrimiento o su necesidad o su voluntad a
todos los que están en la clase y más que a ningún otro al profesor que es
quien tiene el derecho a dirigirla. Un vecino atruena con su música al
vecindario, un coche hace retroceder al peatón cuando se salta un semáforo,
cuando no se detiene en un paso de cebra. Un coche puede matar a todos los
que no se someten a su dirección, a su velocidad, a su paso dominante.
Cualquiera obliga a oír sus conversaciones a todos los que viajan en el
mismo vagón o están en una conferencia o en un entierro. Alguien reclama una
intimidad sin que sea aceptada por el otro, sin que se le haya dado la más
mínima posibilidad de rechazarla. No hay nada en las malas maneras que no
sea molesto e invasivo para los demás. Los alumnos se gritan, se empujan, se
violentan y lo aceptan como algo normal ( claro que eso es lo que dice el
más fuerte). Los profesores no siempre se dan cuenta de que puede que tarden
en aprender pero finalmente aprenden. Aprenden en la calle, en sus casas,
viendo la televisión o el cine, pero desgraciadamente también en el colegio,
en el instituto, en la universidad. En estos lugares, no sólo aprenden sino
que adquieren definitivamente el sentido del valor de cada cosa. Siempre ha
habido malos modales, malas palabras, gestos y violencia. Hoy, lo nuevo, es
que eso lo han visto en las personas que deberían - al menos - rechazarlo
como lo a no hacer, lo incorrecto. Gritar, insultar, descalificar, castigar
sin la debida contención, faltar a la obligación, ignorar a aquellos a los
que se tiene obligación de escuchar son formas de violencia y malos modales,
no importa si se dirigen a un superior o a un inferior, en los rangos de las
relaciones establecidas se entiende. Hacerlo de manera airada saltando todas
las barreras de eso que siempre se consideró la buena educación es muy
peligroso. Si se hace con los iguales o los inferiores no están los tiempos
como para que no repliquen en el mismo tono y si se hace con los superiores
habrá que estar dispuestos para recibir el mismo trato de aquellos a los que
hemos enseñado que los derechos incluyen esas malas maneras.
Hay que volver
a la cortesía, a los buenos modales, es urgente. Es urgente que
consideremos que no es en su supresión donde se encuentra la libertad y la
igualdad, sino en su extensión a todos los ámbitos, a todas las
circunstancias, a todas las personas. Hay que considerarlos no sólo
deseables, sino obligatorios y tener el valor de defenderlos allí donde haga
falta. La vida obliga a una convivencia cada vez más próxima, más compleja.
Sin unas maneras aceptables viviremos sometidos a la violencia del más
fuerte, del más desconsiderado, del más zafio y esta sociedad será
irremisiblemente la sociedad de los violentos.
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