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Los
padres, que tantos profesores creyeron que serían sus aliados fervorosos
y obedientes frente a la Administración, han pasado a ser un lugar
recurrente en las peores pesadillas de las clases imposibles, de los
alumnos con problemas, de la inseguridad jurídica en la que se mueven
los enseñantes. Cualquier incidente en una clase exige o acaba en una
comunicación a los padres que nunca se sabe cómo va a terminar.
Cualquier sanción puede promover un enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre
un tutor y el padre o la madre del alumno. Muchos profesores buscaron en
la profesión un lugar fuera del mundo de los adultos, ese mundo en el
que sabían que no estarían cómodos. Muchos profesores ambicionaban un
lugar en el que sus decisiones fueran incuestionables. Confiaron en que
lo que hicieran, lo que dijeran quedaría recluido hasta el olvido en las
cuatro paredes del aula. No era, por lo general, la búsqueda de una
patente de corso, sino simplemente la necesidad de no ser cuestionado,
de no tener que dar explicaciones, de poder trabajar ' libremente'. Se
habla de la necesidad de colaboración entre padres y profesores, nadie
lo niega, pero el deseo es que dicha colaboración sea a distancia y en
lo que a los profesores se refiere ' con el reconocimiento sin fisuras
de su trabajo y su autoridad'. Difícil, muy difícil plantear la cuestión
en esos términos. Los padres no son ajenos a la destructividad, a esa
violencia que surge de la imposibilidad de vivir en un rol, de que ese
rol sea compatible con todos los demás y sobre todo con la idiosincrasia
del sujeto, con esas ideas interiorizadas que articulan su vida. Cuando
se llama a los padres por una cuestión de disciplina, cuando vienen como
consecuencia de un incidente, de un supuesto maltrato del alumno o un
tema de fracaso escolar llegan como acusados que van a defenderse.
Defienden a sus hijos porque necesitan ser buenos padres, necesitan
creer que lo son, que en cualquier circunstancia no son ellos los que
han fallado. De los padres se quiso hacer en los años progres poco menos
que algo innecesario cuando no a eliminar a base de darles roles que
nada tenían que ver con su situación real con respecto a los hijos. Se
empieza a oír de boca de los expertos eso de que los hijos necesitan
normas, necesitan aprender a soportar la frustración, necesitan tener
padres que ejerzan de tales y no de compañeros o de amigos de sus hijos.
Lo dicen incluso los mismos que recitaban aquello del prohibido
prohibir, y la letanía infinita de los traumas con los que la educación
autoritaria - entendiendo por tal toda aquella que no fuera claramente
permisiva y consentidora - podía marcar para siempre a los niños. Los
padres de nuestros alumnos interiorizaron toda aquella ideología que les
vino bien para dar salida a sus frustraciones de adolescentes y que
cuando ya fueron padres les pareció lo más fácil, lo que exigía menor
dedicación, menores sacrificios. Serían padres perfectos sólo con no ser
padres, con mantenerse en esa irresponsabilidad de los amigos, en ese
intercambio que permite la amistad y también con la libertad que
implica. Les ayudó todo el mundo: la opinión progre, el culto a lo
espontáneo, la supresión de los deberes, las nuevas evaluaciones que en
su propia imprecisión daban cabida a las interpretaciones más
optimistas. Los alumnos ya no repetirían curso ( eso, desde la ley del
70) y si lo hacían, un curso como máximo en la primera etapa de EGB o en
la segunda, deberían ser oídos. ¿ Cómo de ese requisito se ha pasado -
según afirman muchos docentes - al ' si un padre no quiere el alumno no
repite'? Todo un síntoma. Les ayudaron los psicólogos con sus traumas,
incluso aquellos programas de televisión que buscaban chicos y chicas
fugados de sus casas, y hacían reportajes más que escorados cuando se
producía el suicidio de algún adolescente. Guerra a la autoridad, a
cualquier autoridad, cuestionamiento de las normas por serlo, rebeldía
sacralizada y apoyada por los mas media. Padres plegándose a las
exigencias de una sociedad cambiante en la que su rol era menospreciado,
mientras la sociedad en su conjunto renunciaba a lo educativo, a la
socialización de los más jóvenes.
Vino bien el viejo tópico de que el niño no es un hombre en pequeño,
pero se olvidó que siempre sería un pequeño que inexorablemente se haría
un hombre, un adulto social, una persona que tendría que ser capaz de
responder a las necesidades de la sociedad complicada en la que había
nacido. Era hermosa la idea del naturalismo, de ese ser perfecto en su
estado natural, era hermoso el mito del buen salvaje, pero no sirve, no
es más que eso: un mito. Los padres hoy tienen en muchos casos la mayor
carencia: la falta de un modelo coherente sobre el que tomar decisiones
en relación con la educación de sus hijos. Tienen el grave problema de
que cuando algo va mal, en la escuela, en la vida personal de sus hijos,
en sus relaciones sociales, todos les hacen responsables cuando no
culpables de la situación. Ahora les acusan de que sus hijos se droguen,
de que beban, de que salgan de casa a horas en las que no es
recomendable. Ahora los llaman del colegio, del instituto para
reprocharles que sus hijos ' no están convenientemente socializados',
que carecen de modales, que no se han dado cuenta de que no saben leer,
de que no los vigilan para que estudien, de que son ellos - los padres -
los que los tenían que haber educado. Ahora, ahora, que todos los que
dijeron lo contrario de lo que dicen, los que no les faltó más que
acabar por lo llano con la familia como tal, sufren las consecuencias de
esa educación libertaria que promovieron y esas leyes absurdas con las
que obligaron a todos a seguir en un camino equivocado, todos esos dicen
que los padres son los más culpables, cuando no los únicos culpables.
Nadie va a reconocer que se equivocó, que es responsable de lo que
sucede, que la sociedad debería rectificar en todo aquello que esté en
su mano, pero nada de eso sucederá. Los padres seguirán en la
contradicción entre serlo y soportar la presión del ambiente y de sus
propios hijos o dejarse arrastrar por una corriente que luego, antes o
después, los estrellará contra las rocas, haciéndoles culpables de
haberse estrellado. Es lógico que esa imposibilidad para ser padre en
los supuestos que se admiten generalmente para serlo, en las condiciones
en las que se ejerce de tal lleven a la destructividad, a la necesidad
de rehuir toda situación que se convierta en evidencia, en reproche, en
consecuencia insoslayable. Cuando no es posible evitar la confrontación,
se defenderán atacando, intentando destruir el testigo, la prueba,
negando los hechos, culpando a los otros, dejando libre de toda
responsabilidad a sus hijos, porque es la única forma de escapar a la
propia responsabilidad.
El choque entre padres y profesores puede llegar a ser muy violento. En
muchos casos viene anunciado por una actitud de los alumnos que ya
utilizan la posibilidad del encuentro como un arma arrojadiza contra el
profesor. Ese alumno que desde la clase de infantil amenaza a la maestra
con decirle a su madre que le ha pegado, que rehuye toda disciplina
imponiendo su voluntad como hace en su casa, ese alumno sólo es un caso
extremo en el que los padres no soportan el peso de su propia
responsabilidad. Otros muchos evitarán la repetición de curso, la
entrega de tareas, el simple aprendizaje bajo la amenaza soterrada de
una madre que va asiduamente a ver al tutor, que se hace presente en el
centro como miembro del APA y que confía en que la familiaridad con los
profesores evite lo peor. Muchos se dejarán convencer por aquello del
progresa adecuadamente mientras se van sintiendo cada vez más
amenazados. Al final vendrán las excusas, las intimidaciones y la
entrega a la mala conciencia cuando se dan cuenta de que la escuela, el
instituto sólo en un tiempo, el último tiempo en que pueden ser oídos.
Después, fuera de ese ámbito está la realidad del hijo y de ellos como
padres enfrentados a las consecuencias de un pasado que ya no les
pertenece. |